
Del fruto sentenciado a quedar, de las innumerables veces que fuimos testigo de la naturaleza y su bello plan, de las babosearías que nos decían al crecer, que nos decían al llorar, de las innumerables veces que caímos, reímos, nos envolvimos en los abrazos De lo incomoda que me siento queriendo sorprender a mentes brillantes, que en el día a día se brindan un sorbo de éxtasis para seguir con la rutina. El cansancio, la agonía, la vivencia de ser humano, la poca coordinación que existe, la frágil rareza que guarda una niña, la autonomía que tienen los hombres, lo firmes que son las mujeres, un mundo ajeno a tonterías y abierto a las locuras de lo jóvenes que durante una época fueron dueños de la cólera. No importa, aquí quiero quedar, aquí quiero brindar las ultimas gotas de verdad, mientras no haya felicidad quiero seguir disfrutando la absurda fantasía de ser fiel a la idea de poder abandonar a los insensatos que inundan los pueblos que aun tienen la ternura de los niños que nos quedaron atrás. Volver a crear esa capacidad de asombro, comprometerme a buscar, a querer encontrar la bondad, aunque por un segundo ser real. Florecer dentro de las espinas, crear un espacio, donde los sueños sean a prueba de lágrimas y las necedades controlen el deseo de ser mejores y procrear a los duendes que forjaran las montañas que separan a este estúpido mundo. Funcionar al ritmo de mi pulso, cegarme en las sonrisas, sin analizar leyes e injusticias, terminar en un minuto abriendo paso a lo que soy y seré. Creyéndome inmortal, aunque por un minuto esto es lo que soy, quiero, y seré.
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